León Roldós Aguilera | roldos@eluniverso.com

Los disipadores

El Diccionario de la Real Academia señala que es disipador el “que

destruye y malgasta la hacienda o caudal”.

Cuando el Banco del Progreso inauguró el edificio de la avenida

Orellana (Kennedy Norte), se dijo que era de los edificios más

lujosos del mundo, hasta en el manejo de los efectos solares.

Entonces expresé que ni un banco tenía derecho a sobreinvertir en

edificios de lujo. Semanas después, el Banco quebró (marzo de 1999)

arrastrando –y aplastando financieramente– a miles de depositantes.

Hoy es un activo desocupado, bajo la AGD; en otras palabras, un

tremendo costo que asume el Ecuador. Si lo sumamos a los otros

edificios que están cerrados, son cientos de millones de dólares que

la vanidad de algunos, con el encubrimiento de otros, ha sustraído

de los recursos que debieron ser para el desarrollo nacional.

El sector público, en vario gobiernos, también es disipador. Atrás

de las prácticas clientelares hay formas de disipación, también la

sobrepublicidad del sector público, porque en el fondo lo que existe

es la decisión de publicitar personajes antes que informar de obras

o servicios. Hay administraciones municipales que construyen

inmensos portones decorativos, como es el caso del acceso a la

provincia de Manabí, en lo que se llama La Cadena del cantón Paján,

y en Naranjal tres portones. ¿Cuánto tienen sus pueblos de

necesidades vitales no atendidas? Millones de dólares en obras de

relumbrón. Los escoltas de funcionarios públicos, vehículos y

personal, son impresionantes, creo en la necesidad de seguridad,

pero son muchos los casos en que hay exageración. A nadie le pido

que haga lo que yo siempre he hecho –Vicepresidencia incluida–: usar

vehículos oficiales solo cuando es necesario; y, usualmente,

conducir mi vehículo.

Está bien expropiar y demoler, cuando se requieran ensanches

indispensables de vías, y construcciones deterioradas y pequeñas

para sustituirlas por otras de mayor significación; pero, muchas

veces se derrocan edificios que pueden ser utilizados. Nunca

olvidaré que el Banco Central derrocó edificios de varios pisos en

la macromanzana de 9 de Octubre, porque “posiblemente” había que

expandir la institución. Hoy sobra espacio en el edificio que se

construyó.

Creo en la obra funcional. Privilegio las restauraciones porque

recogen historias de nuestras ciudades, y bien conservadas valen más

que la imaginación de quien quiera modificar las cosas.

Cuánto le habrá costado al país el culebrón de Gustavo Noboa, hasta

su cerco y exilio.

No nos olvidemos que todo exceso o gasto innecesario lo pagamos

todos, directamente cuando es gasto público, indirectamente o en

tiempo diferido si es gasto privado, en el costo de bienes y

servicios o cuando quiebran.

El Código Civil establece que los disipadores no deben tener libre

administración de sus bienes y establece su sometimiento a un

curador que le administre sus bienes.

Lo trágico del Ecuador es que hay mano dura cuando los disipadores

lo son de bienes propios, pero cuando se trata de negocios o

acciones que afectan colectivamente, en que no dilapidan sus

dineros, sino los del pueblo ecuatoriano, son empresarios poderosos –

si hay otros que son fuerza productiva– o autoridades con mando

político y decisión económica.